Title:
Augenzeugen
Genre:
Drama
Thriller
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Series:
Kleve
Date Added:
2018-06-26 15:40:43
Synopsis:
El señor Grandet gozaba en Saumur de una reputación cuyas causas y efectos no pueden ser perfectamente comprendidos por aquellas personas que no han vivido poco o mucho en provincias. El señor Grandet, llamado por algunos el padre Grandet, y que pertenecÃa al número de los ancianos que disminuÃan ya insensiblemente, era, en 1789, un maestro tonelero que gozaba de una posición desahogada y que sabia leer, escribir y contar. Cuando la República francesa puso a la venta en el distrito de Saumur los bienes del clero, el tonelero, que contaba a la sazón cuarenta años, acababa de casarse con la hija de un rico comerciante en maderas. Grandet, provisto de su fortuna lÃquida y de la dote de su mujer, unos dos mil luises en oro, se fue a la capital del distrito, y allÃ, mediante doscientos dobles luises que ofreció su suegro al feroz republicano que vigilaba la venta de los bienes nacionales, obtuvo legalmente, aunque no legÃtimamente, por un pedazo de pan, los viñedos más hermosos de la comarca, una antigua abadÃa y algunas granjas. Los habitantes de Saumur eran poco revolucionarios, y el padre Grandet pasó por hombre atrevido, por republicano, por patriota, por hombre dado a las nuevas ideas (siendo asà que a lo que era, en realidad, dado, era a las buenas viñas), y fue nombrado miembro de la administración del distrito de Saumur, donde dejó sentir polÃtica y comercialmente su pacifica influencia. PolÃticamente, protegió a los nobles e impidió con todo su poder la venta de bienes de los emigrados; comercialmente, proveyó a los ejércitos republicanos de un millar o dos de toneles de vino blanco que cobró entrando en posesión de unas soberbias praderas que dependÃan de un convento de monjas, y que entraban a formar parte del último lote. Cuando el Consulado, el honrado Grandet fue alcalde, administró honradamente y vendimió mejor; cuando el Imperio le llamaron señor Grandet. Napoleón no querÃa a los republicanos y reemplazó al señor Grandet, reputado de haber llevado el gorro frigio, por un gran propietario, un hombre cuyo apellido iba precedido de partÃcula, un futuro barón del Imperio. El señor Grandet dejó los honores municipales sin ninguna pena, porque ya habÃa hecho hacer en interés de la villa excelentes caminos que conducÃan a sus propiedades. Su casa y sus bienes, ventajosamente empadronados, pagaban moderados impuestos. Después de clasificadas sus diferentes propiedades, sus viñas, gracias a sus constantes cuidados, habÃan pasado a ser la cabeza del paÃs, palabra técnica que se empleaba allà para indicar los viñedos que producen los vinos de mejor calidad. Con este motivo hubiera podido pedir la cruz de la Legión de honor. Este acontecimiento tuvo lugar en 1806, época en que el señor Grandet frisaba en los cincuenta y siete años, su mujer en los treinta y seis y su hija única, fruto de sus legÃtimos amores, en los diez. El señor Grandet, al que la Providencia quiso sin duda consolar de su desgracia administrativa, heredó sucesivamente durante este año a la señora de la Gaudiniere, madre de su mujer, al anciano de la Bertelliere, padre de la difunta, y a la señora Gentillet, abuela materna suya: tres herencias cuya importancia no conoció nadie, pues la avaricia de estos tres ancianos era tan grande, que hacÃa ya mucho tiempo que amontonaban su dinero para poder contemplarlo secretamente. El anciano señor de la Bertelliere decÃa que colocar dinero era una prodigalidad, juzgando que era mayor el interés que se percibÃa contemplando el dinero que beneficiándose con la usura. El pueblo de Saumur dedujo el valor de las economÃas por las rentas de los bienes inmuebles. El señor Grandet obtuvo entonces el primer tÃtulo de nobleza que nuestra manÃa de igualdad no podrá borrar nunca, pasando a ser el primer contribuyente del distrito. Grandet explotaba cien fanegas de viñedo, las cuales, en los años de abundancia, le daban de catorce a diez y seis hectolitros de vino; poseÃa trece alquerÃas y una abadÃa cuyas ventanas y puertas habÃa tapado por economÃa y para que se conservase; y ciento veintisiete fanegas de praderas donde crecÃan tres mil álamos plantados en 1793. Finalmente, la casa en que vivÃa era también suya, y de este modo se calculaba su fortuna visible. Respecto a su capital, dos personas únicamente podÃan calcular vagamente su importancia, la una era un tal señor Cruchot, notario encargado de colocar el dinero al señor Grandet, y la otra el señor de Grassins, que era el banquero más rico de Saumur, y en cuyos negocios tomaba parte el viñero cuando a aquél le convenÃa. Aunque el anciano Cruchot y el señor de Grassins poseyesen esa profunda discreción que la confianza y la fortuna engendran en provincias, demostraban públicamente tal respeto al señor Grandet, que los observadores podÃan calcular la magnitud del capital del antiguo alcalde por la obsequiosa consideración de que era objeto. No habÃa nadie en Saumur que no estuviese persuadido de que el señor Grandet tenÃa un tesoro particular o algún escondite lleno de luises y de que se daba todas las noches el inmenso goce que procura la vista de una gran masa de oro. Los avaros tenÃan una especie de certidumbre de esto al ver los ojos de Grandet, a los que el oro parecÃa haber comunicado sus tonos amarillos. La mirada de un hombre acostumbrado a sacar enormes intereses de su capital contrae necesariamente, como la del lujurioso, la del jugador o el artesano, ciertos matices indefinibles y ciertos movimientos furtivos, ávidos y misteriosos que no pasan nunca desapercibidos para sus correligionarios. Este secreto lenguaje forma, en cierto modo, la franc-masonerÃa de las pasiones. El señor Grandet inspiraba, pues, la respetuosa estimación a que tenia derecho un hombre que no debÃa nada a nadie, que, como viejo tonelero y viejo viñero, adivinaba con la precisión de un astrónomo el año en que era preciso fabricar mil toneles para su recolección o solamente cinco, que no desperdiciaba ningún negocio, que tenÃa siempre vino para vender cuando éste subÃa de precio y que podÃa conservar su cosecha en sus bodegas y esperar el momento de vender el tonel a doscientos francos, cuando los pequeños propietarios daban el suyo a cinco luises. Su famosa cosecha de 1811, sabiamente almacenada y lentamente vendida, le habÃa valido más de doscientos cuarenta mil francos. ronto se ven allà los caracteres con que un protestante hizo constar su fe, como aquellos con que un partidario de la Liga manifestó su odio a Enrique IV, sin faltar tampoco los del burgués que grabó allà las insignias de su nobleza parroquial, la gloria de su olvidada regidurÃa. En estas huellas se ve la historia entera de Francia. Al lado de la frágil casa construida con ripios y cascote donde el artesano deificó sus herramientas, se levanta el palacio de un noble sobre cuya puerta con dintel de piedra se ven aún algunos vestigios de su escudo y armas, destrozados por las diversas revoluciones que desde 1789 agitaron el paÃs. En esta calle, los pisos bajos de los comerciantes no son ni tiendas ni almacenes, y los aficionados a antigüedades podrán ver en ellos el taller de nuestros abuelos en toda su primitiva sencillez. Estas salas bajas, que no tienen delantera, ni rótulo, ni escaparate, son profundas y obscuras y carecen de adornos exteriores e interiores. Su puerta está dividida en dos partes toscamente herradas, de las cuales, la superior se abre interiormente, y la inferior, provista de una campanita con resorte, se abre y se cierra a placer. El aire y la luz penetran en aquella especie de antro húmedo ya por la parte superior de la puerta, o ya por el hueco que hay entre el techo y el paredón de un metro de altura, al que se adaptan unas sólidas ventanas que se quitan por la mañana y se colocan por la noche, sujetándolas con flejes de hierro provistos de sus correspondientes pernos. El paredón sirve al comerciante para colocar sus mercancÃas. Allà no se conoce el charlatanismo. Con arreglo a las costumbres del comercio, las muestras consisten en dos o tres cubetas llenas de sal y de bacalao, en algunos paquetes de tosca tela, en cuerdas, en latón colgado de las vigas del techo, en aros a lo largo de las paredes y en algunas piezas de paño en los estantes. Ahora, entrad. Una joven limpia, radiante de juventud, de brazos rojos y cu
Author:
Leenders, Bay,
Balzac
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Barcode:
9783499232817
Date Added:
2018-06-26 15:40:43